Serie 'Planetas y Satélites' 2006texto Vicente Molina FoixPLANETARIOS
PreámbuloR y D emprenden un viaje fuera de este mundo, sin guía, sin bagaje, con la cabeza llena de prendas ya usadas en la antigua Grecia.
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Capítulo primero. MercurioEl vuelo no ha tenido turbulencias, la ciudad que duerme debajo de ellos parece cenicienta, y el único peligro fue eludir una bandada de objetos volantes muy identificados que trató de arrastrarlos a su guarida forrada de oro y piedras preciosas. Pero D y R fueron astutos como los dioses. R se hizo volátil para conocer mejor las trampas del dinero, y D pasó olímpicamente. Al cabo de un rato, lo que parecía papel moneda se quedó en papel mojado, aunque ya entonces, más cerca de Venus que de Mercurio, los viajeros habían recobrado su carne habitual. |
Capítulo segundo. VenusPara superar del todo el percance anterior, nada mejor que hacerse niños malos y volver a la ambigua infancia. Conjugando los signos -un juego al que R y D son muy propensos- uno de los dos se ha puesto colorete de mujer fatal, y el otro deja pendiente una aparatosa virilidad. Así fortificados por el artificio, ningún miedo habrán de sentir exponiéndose en su retocada desnudez al agua de la noche, mientras se susurran al oído las palabras de Baudelaire: no hay espiritualidad más alta que la del tocador.
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Capítulo tercero.TierraLa noche se hace larga, y no hay que olvidar que D y R son también humanos. Un área de descanso en el culo del mundo. Todas las luces y lenguas confundidas. Y una inversión de roles, práctica a la que asimismo estos viajeros se entregan con frecuencia. Quien arrastra en sus espaldas el peso culpable de la eternidad es el hombre puesto en primer plano, al tiempo que Cristo se camufla y se empequeñece bajo la humana forma de D. Tierra, sin embargo, no se puede entender del todo sin antes caer en la cuenta de que al polo sur hay unos ojos mirándonos. |
Capítulo cuarto. MarteEste capítulo podría ser continuación del anterior y seguir el espíritu de la comedia. Pero no. Mientras R y D estaban de viaje, una guerra, otra más, ha estallado allá abajo, y las salpicaduras de la noticia llegan hasta los astros. Como los dos viajeros no están dispuestos a interrumpir su aventura ni a dejar de guiñarle el ojo a las divinidades legendarias, trasladan el campo de batalla de la tierra al espacio. Un ejército de monigotes falsamente armados y una tela roja para enjugar la sangre de verdad derramada. |
Capítulo quinto. JúpiterYa pasó la guerra, al menos temporalmente, y R se siente a sus anchas por el hecho de haberse sentado al fin. ¿Sentará también la cabeza viajera? Hay una antigua leyenda en la que otro Júpiter se amoldaba a dejarse partir la cabeza para que de ella saliera su hija más guerrera. En el cuento moderno que aquí contamos no hay paternidad ni hachazo. Es casi seguro que el travieso D sea en el capítulo quinto de esta novela una copia de Ganímedes, el escanciador favorito del dios padre. Pero no busque el lector (ni siquiera el espectador) copa o vino en las páginas del cuadro de Júpiter. Ya advirtió el autor del relato que sus protagonistas son unos juguetones. El águila real se metamorfosea en avioncito, y las luces le ponen al cielo un color de música-disco. |
Capítulo sexto. SaturnoLa comida en las altas esferas también mancha las manos. Carne roja. Carne troceada. Mondongo. Todo tan suculento que puede producir pecado de gula. Por no alimentarse sólo de imágenes y citas, R devoró el cuerpo de D, que así tuvo la oportunidad única en la historia del Gran Turismo de viajar por el interior de un estómago humano a temperatura tropical. Pero llega el momento de la digestión, y, aún más inexorable, el de la expulsión. El vomitador cumple con la función natural, mientras que el vomitado, exaltado místicamente por la experiencia recién vivida, le ruega al compañero de viaje que no le eche de sus entrañas. |
Capítulo séptimo. UranoEscabroso capítulo, y también el más genital en puridad. Un platillo volante disimulado (otra vez los trucos de la ficción) separa a los viajeros, ahora aparentemente levantados en armas el uno contra el otro. Cuchillo y tijeras. ¿Quién mutila a quién? El nacimiento acuático de una divinidad coqueta le quita tragedia a las heridas que han dejado rojo el mar y rojas las nubes reflejadas en él. Todo parece indicar que el amor uránico prevalecerá sobre la rivalidad, y en lugar de incisión sólo habrá un inciso. |
Capítulo octavo. NeptunoA la carne le sigue el pescado sin solución de continuidad. D y R bailan en el azul, y su danza marina tiene una coreografía de Busby Berkeley y un gusto salobre. Estos viajeros han aprendido mucho en el viaje: son más ambivalentes, menos silentes, nada reticentes, les aporta su luz el inconsciente, y en cuanto al tridente, apenas hiere. Suena al fondo la música alegre del music-hall, aunque no se oye, y R y D oscilan sensualmente entre una tentación de sirena y un bocado de pez escualo. |
Capítulo noveno. PlutónDe niños, D y R han ido al cine de las sábanas blancas. Formalmente, el noveno y último capítulo narra la llegada al país de la muerte, pero algunos detalles mantienen viva la esperanza: la barca en seco pintada como una puerta, la promesa infantil del castillo que hay en la isla, la calavera tan teatral. Este viaje por las constelaciones ha durado un soplo o un siglo, y el autor de la novela, a estas alturas familiarizado con los viajeros, se atreve a decir que no va a acabar aquí. R y D salieron de la tierra, atravesaron aguas y fuegos, no todos fatuos, y al final vuelven al aire del inicio. La nave va, pero ellos dos sobrevuelan a cada lado de estecuadro, de esta página en la que sólo temporalmente la novela llega a su F I N |
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